Las Navidades de un Yonqui - William Burroughs
Aquel día lo pasé lampando por las calles, buscando algo que afanar, un descuido, un pequeño hurto con que poder satisfacer a la bestia. Al final determiné entrar en El Corte Ingles a probar suerte, en realidad era un hipercor, con tiendas y un hipermercado, los tíos lo mismo te venden un pollo que un colchón. Dentro del edificio me encaminé hacia la sección de ropa de cama, como había hecho en alguna otra ocasión, allí “ligué” una de esas bolsas de guardar edredones, es fácil, basta con cogerla de debajo del mostrador de pago de la sección, después de todo si lo haces con soltura nadie te dice nada, al fin y al cabo no es más que una bolsa vacía. Después seguí en dirección a la entrada del hiper, y en esas maquinas de sellar las bolsas sellé la mía, no sin antes haber metido mi abrigo dentro, y con buen cuidado de dejar un orificio lo suficientemente grande como para poder deslizar algo dentro, pero lo suficientemente estrecho como para que aparentemente la bolsa pareciese cerrada, según los cánones del sacro Corte Ingles, ese que tanto ha hecho por los yonkis sin saberlo, y por supuesto, sin quererlo.
Aunque también recuerdo la vez en que, a la carrera, me enganchó, ya en la calle, aquel “gorila” de seguridad, casi sin resuello me llevó a un sótano, y allí me interrogó sobre cómo había podido llegar a la calle sin que lo hubiesen advertido antes. Yo solía vestirme para la ocasión, con traje algunas veces, sería un chorizo, pero un chorizo elegante, no se lo iba a poner fácil. Después de relatarle cómo y por dónde les había burlado, él pasó a tomarse la venganza por la carrera que le había hecho darse, mirándome a los ojos me dio varios porrazos con la punta de la porra, con que si no, en la palma de la mano, de los tres “seguratas” que había en el sótano, solo la chica se salió, creo que le pareció mal, yo soporte el dolor eléctrico con toda la estoicidad de que fui capaz, y mirándole a los ojos le dije – por lo menos yo solo soy un chorizo-, ese fue el momento en que la chica abandonó el cuarto, creo que él "segurata" uno ni advirtió lo que le decía, el dos bajó la mirada. Me retuvieron media hora y me soltaron, en realidad casi fue una suerte, tal vez si hubiesen seguido el protocolo hubieran llamado a la policía, aunque el montante de lo “chorado” no pasaba de un simple hurto, de eso sabía cuidarme muy bien, pero antes de despedirme me condecoró con un salivazo en la cara y la advertencia de que si me volvía a ver por allí podía contar con que me metería, de rondón, algo que abultaría la bolsa por encima del simple hurto, por eso pasé un mes sin dejarme caer por allí.
Pero allí estaba de nuevo, con mi bolsa preparada en la sección de embutidos del hiper, deslizando lomos de Sánchez Romero Carvajal por el agujerito, estaba tranquilo, gracias al “tranquimacin” que me había metido media hora antes, el mostrador estaba a tope, habían echado el resto por la víspera de navidad, cargué lo menos quince lomos. Una vez calzados en la bolsa, muy derecho, fui caminando en dirección a la salida, para intentar flanquearla por el arco que hace saltar los “chivatos”, ya había comprobado que el lomo aún no los llevaba, o por lo menos no hasta ese momento, también confiaba en que el del centro de monitores estuviese dormido, o “bolinga” por las celebraciones, y que con tanta gente no me notaran. Pasé y el arco no sonó, gané el vestíbulo y bajé por las escaleras, hasta llegar a la puerta de salida del edificio. Ya casi me veía en el poblado cambiando lomos por “caballo”, a fin de cuentas a los gitanos solo les gusta más el jamón que el lomo, y este ya tenía el mercado asegurado.
Noté una presencia a mi espalda, un sentido que te avisa de lo que hay detrás, y que a veces, solo a veces, te engaña y eres tú mismo, pero ese mismo sentido pica mucho más cuando es otro, yo estaba ardiendo en ese momento, la sombra pegada a mi nuca no era yo, me tomo del codo y me dijo, -¿donde vas?-, estaba tan solo a dos pasos del último arco, solo a dos pasos de la calle, de nuevo al sótano, de nuevo a un paso de poder pasar una noche durmiendo, porque ya hacía muchos meses que no me “ponía” para disfrutar, lo hacía para dormir, poder ver a la familia sin rascarme continuamente como un mono, o mirar a todos lados como una gallina, para no cagarme encima en un descuido. Por mi cabeza pasó, que en el mejor de los casos me retendrían una o dos horas, y entonces adiós al efecto del Tranquimacin, y hola al “mono”, que aparecería de golpe con toda su cohorte de ayudantes, pero sobre todo con esa ansiedad del que se fumaría quince puros a la vez si le cupiesen en la boca.
Al girarme vi a un hombre de unos cincuenta, vestido de traje, enseguida deduje que era un encargado de la tienda, posiblemente un jefe de planta, o algo así, cuando estaba a punto de confesar la muerte de Manolete, el tío me dice-se le ha caído esto- y me tiende la mano con un billete de cinco mil, mi cara debió ser un poema, porque el tío muy serio me repitió,- se le ha caído-, estire la mano y cogí el billete, me lo guarde en el bolsillo totalmente desconcertado, y después de unos instantes eternos, me di la vuelta, bajé los tres o cuatro escalones que me separaban de la calle y al salir a la acera oigo que el tío me dice-¡Feliz navidad!-, al darme la vuelta y ver su cara comprendí que tal vez la navidad si que existe,-¡Feliz navidad!- le respondí.
¡FELIZ NAVIDAD A TODOS!




