Como sabéis acabo de tener una hija, es una criatura adorable, muy despierta y como todos los bebes sujeta a una vida minúscula, dedicada a comer, dormir, cagar y llorar. Y no obstante a estos pocos méritos Diana y yo estamos totalmente enamorados de ella, como supongo que cualquiera padres humanos de su retoño, porque es ley genética natural supongo... no hay niño feo... el nuestro es el más guapo.
Pero este no es un post dedicado a hablar de Sofía, está dedicado a su hermano.
Darío lo está pasando muy malamente, no sabe lo que le pasa, es una caja de sentimientos abierta de par en par que capea el temporal como puede. Afortunadamente está siendo muy bien educado por su madre, ayer le dijo el niño a la madre, "tengo mucha suerte de tener una hermanita, pero estoy nervioso por las mañanas y por no verte todos los días en el cole". Con solo cuatro años y medio (este medio, cualquiera que tenga hijos sabe lo importante que es para ellos) es capaz de hacer una síntesis verbal que a su padre le ha llevado cuarenta y medio y una fortuna en psicólogos.
Sus rabietas duran tres veces más, se ha vuelto a hacer pis en la cama, se ha vuelto un poco obsesivo con lo que quiere, lo quiere en ese mismo momento y es capaz de reclamarlo durante horas en una espiral que solo Diana sabe romper con una facilidad que me llena de envidia.
En cierto modo soy un observador de esta situación, el premio gordo es estar con mamá, y el de consolación estar con papá, así a sido siempre, como decía un buen amigo "nosotros somos: also starring".
A pesar de todo esto se las apaña para conseguir sobrevivir a este primer "golpe" que la vida le ha dado, noto como día a día se construye a si mismo en función de los demás, de su madre, su padre, su hermana, sus amigos del cole, su amigo de la urbanización, sus primos, sus abuelos, sus muñecos, sus juguetes, sus carreras con su padre, esas que no soporta perder y nunca pierde por congelación pirrica de su padre, que soy yo.
Muchas veces he oído aquello tan cursi que dicen algunos padres o profesores, "en realidad soy yo el que aprende cosas de los niños", esta frase siempre me pareció una simpleza, y me lo sigue pareciendo, en realidad no nos enseñan, nos hacen pensar.
Para mi el mundo nunca ha sido tan atractivo como ahora, está lleno de inseguridades propias de un patológico ánade que nada en un lago de letras que componen una lógica de miedo, una sopa de celos que ningún ganso querría ordenar en su loca presencia de calor, sabor y miedo de que se derrame en la alfombra, y aún soy el que la toma desde arriba mirando hacia el suelo y viendo mujer, niños y alfombra a los pies de un incapaz, que nunca supo luchar por si mismo, pero que luchará por ellos tanto como grandes e incomprensibles son los celos de su hijo mayor.


