Siguiendo con la publicación de mis trabajos de la carrera llegamos a esta interesantisima película sobre la que hice un pequeño trabajo el año pasado, espero que os guste.
Título original: “We feed the world”
Nacionalidad: Austria
Género: Documental/Sociedad/Ecología
Guión y Dirección: Erwin Wagenhofer
Producción: Helmut Grasser
Distribuidora: Karma Films
Año: 2005
“We feed the world” es un documental austríaco que muestra una imagen crítica sobre el aumento de la industrialización y de la masificación de la producción de alimentos. El hilo conductor del documental es una entrevista con Jean Ziegler, informador especial de las Naciones Unidas sobre el derecho a la alimentación. Cuestiona el comportamiento de consumo y la responsabilidad de cada uno. El film nos lleva por Francia, España, Rumania, Suiza, Brasil y de vuelta a Austria. Además de Jean Ziegler, en este documental se entrevista al Director de Producción de Pioneer en Rumanía, la mayor empresa de semillas del mundo, y a Peter Brabeck, Director de Nestlé Internacional, la mayor empresa alimenticia del mundo, además de a pescadores, agricultores y biólogos.
Formalmente, el documental tiene una línea argumental dirigida por las opiniones de Jean Ziegler, en torno a las cuales se va trenzando el mismo. Cada vez que Ziegler propone un tema, una localización geográfica o incluso un determinado tipo de empresa, el director nos transporta al lugar en cuestión y colocando la cámara como espectador subjetivo nos deja ver las opiniones de expertos, trabajadores, pescadores, granjeros, directivos de multinacionales…
Es un estilo directo de documental, que hace reflexionar al espectador sin apabullarle con excesiva información, sin tecnicismos, y mostrando con silencios elocuentes las partes de la industria alimentaria que hablan por sí mismas.
Todo documental es parcial por definición, desde que en 1922 Robert Flaherty realizase “Nanuk el Esquimal” (Nanook of the north,) el primer documental que se filmó, las bases del documental han cambiado poco. La intervención del director en el montaje, elección de los personajes, sean estos reales o no, las localizaciones y las tramas están puestas al servicio de la narración de una historia, ya sea de denuncia como en el caso que nos ocupa, o de corte filosófico/antropológico como en el caso de Nanuk el Esquimal.
Si comparamos esta manera de hacer cine documental con la de EE.UU., veremos que en las películas americanas hay una avalancha de personajes, opiniones, historias, documentos y expertos, que pueden hacer muy tendenciosa una historia, y tal vez bordeen la máxima literaria que dice que no hay que darle al lector todo pensado. Hay que dejar que saque sus conclusiones, puesto que una sola conclusión del espectador/lector, por muy dirigida que esté, es mucho más potente que toda la citada avalancha de información.
El documental nos muestra con originalidad y cierto laconismo algunas de las perversas paradojas y disfunciones de los mercados alimentarios globalizados, poniendo también énfasis en las diferencias de calidad producidas en los productos alimenticios en estos tiempos de alimentos transgénicos, de producciones ganaderas masivas y pesca a escala industrial.
En España, el director nos muestra las explotaciones de agricultura intensiva en invernadero de la provincia de Almería, si bien no critica la calidad o idoneidad del producto, si que encadena secuencias de imágenes de trabajadores de dichos cultivos, que mal viven hacinados en pésimas condiciones. Estos trabajadores son aquellos que no encontrando trabajo en su África natal, emigran a Europa y terminan trabajando como mano de obra barata en la producción de hortalizas de la Europa rica, cerrando el círculo que se abre con la imposibilidad de los países africanos de competir con sus productos agrícolas en los protegidos mercados europeos, y ni tan siquiera en los mercados propios, copados de producción subvencionada europea.
La lógica del comercio y la economía ha trascendido el sentido común, el bien común, a medida que el mundo se “globaliza”. La ONU, o la FAO en representación de ésta, proponen metas en las cuales pesa más el deseo que la realidad. En realidad el sistema está viciado desde la base. El desequilibrio económico y tecnológico se impone en un mundo dominado de Norte a Sur por los intereses de las multinacionales y de los países donde tienen sede.
La política y sus corrientes, determinan sus objetivos a plazo electoral, dejando de lado todo aquello que no tenga resultados concretos en tiempo y forma. Y aceptando presiones, intrusiones y chantajes desde los Lobbies que protegen sus intereses, obviando el interés común general, que debería ser el bienestar de toda la humanidad.
El liberalismo económico sólo es buena idea en entornos en los que las fuerzas estén equilibradas, porque si hay desequilibrio, la libre competencia que beneficia al ser humano en general, se diluye en un juego de suma cero, en el cual los ganadores pueden desechar toneladas de pan al día, mientras que los perdedores cultivan la soja que consumen los animales que se comen en el primer mundo.
Wagenhofer nos muestra la reconversión de la flota pesquera artesanal bretona, desplazada por las flotas pesqueras industriales que barren los mares y las inmensas plantaciones de soja en el Mato Grosso brasileño que devastan miles de hectáreas de selva virgen amazónica desde hace años y que son propiedad del grupo Maggi, el mayor productor de soja del mundo, que controla el 22% de la producción mundial.
Lo peor de este asunto es que este grupo es propiedad a su vez de quien fue premiado en 2005 con el dudoso premio de Greenpeace "Motosierra de oro", y que sin embargo fue elegido gobernador del propio estado de Mato Grosso, Blairo Maggi, lo que es, “poner al zorro a cuidar del gallinero”. Su codicia opera y destruye en un lugar vital para la supervivencia del planeta, el “rainforest” amazónico, y que ya en 2003 “se retrataba” con este comentario a la prensa:
"Para mí, un aumento del 40 por ciento de la deforestación no significa nada en absoluto y no tengo el menor sentimiento de culpa por ello. Estamos hablando de un área más grande que Europa que apenas ha sido tocada, así que no hay nada en absoluto por lo que preocuparse" (New York Times)
También resulta escalofriante oír cómo el presidente de la más importante transnacional alimentaria argumenta con “canciones populares tradicionales”, y opina que el agua, autentica materia prima, debería ser privatizada. Teniendo en cuenta cómo se lleva a cabo el comercio internacional de alimentos, ¿podríamos permitirnos el riesgo de privatizar el agua?
¿Es la generación de trabajo argumento suficiente para el sostenimiento de una estructura claramente injusta?, ¿Cuánto trabajo se ha desplazado en pro de la maximización del beneficio?, ¿Dónde ha ido a parar esa producción?, ¿Quién se beneficia de este sistema en realidad?. Porque está muy claro quién no lo hace.
Todo esto por no hacer historia y hablar de los abusos de dicha transnacional, en lo que fueron los motores principales de su crecimiento como empresa, el cacao y el café.
¿Dónde está la mano invisible de Adam Smith?, esa que hacía que el ser humano revertiese inconscientemente parte de la riqueza generada por sus actividades al sistema. En el actual desequilibrio, o no existe, o en el mejor de los casos tardará generaciones en hacerse visible para los más desfavorecidos. Y la segunda fuerza que Adam Smith describió como imprescindible para evitar que la principal pulsión del hombre, la codicia, se impusiese. Ésta es la intervención coercitiva del gobierno y las instituciones. Tan sólo protegen el comercio de grandes áreas en detrimento de los países pobres.
Tal vez sea el momento de volver a los filósofos economistas, puesto que al fin Adam Smith fue profesor de filosofía moral, y el verdadero fin de la economía en estos primeros tiempos era el progreso y desarrollo de la sociedad en su conjunto.
Recientemente se ha sabido que ya vive más gente en las grandes ciudades del planeta que en el campo. La transición de planeta agrícola a planeta urbano está consumándose, pero en esta transición, desde el punto de vista alimentario, no se está teniendo en cuenta más que la maximización de la producción, en aras de una capacidad suficiente, a bajo precio, de producción de alimento. Para ello no nos detenemos ante nada, destruimos el medio ambiente y el conocimiento agrícola, pesquero y ganadero tradicional.
Las decisiones se toman en los centros de decisión creados después de la II guerra mundial, con unas estructuras de pensamiento no adecuadas a las nuevas situaciones. Estas instituciones se muestran incapaces de liderar cambios de estructuras económicas y sociales, que conduzcan a una disminución de la presión sobre los países pobres. Es el banco mundial el que concede los créditos para el desarrollo de, por ejemplo, el grupo Maggi en la plantación de soja en el Mato Grosso de Brasil.
El libre mercado se impone, a la par que el proteccionismo aplasta al tercer mundo en materia agrícola, es como si decidiésemos jugar a distinto juego según la conveniencia de “la banca”, de tal forma que siempre gana “la casa”.
Vivimos en un sistema abierto en energía y cerrado en materiales, y nos comportamos como si fuese al revés, despreciando el producto y entronizando la cantidad de trabajo y/o energía necesaria para producir. El conocimiento ancestral sedimentado durante miles de años ha sido destruido en apenas cinco décadas, y las viejas estructuras económicas y políticas se resisten a un nuevo orden basado en el pensamiento sistémico, la sostenibilidad y la ecología.
Pienso que tal vez este ejemplo basado en la industria alimentaria es la punta del iceberg de los comportamientos comerciales e industriales presentes ya en todo el mundo. La próxima ha de ser la revolución del pensamiento económico, que tenga en cuenta la cantidad de materiales en el planeta y estos se pongan en relación a la cantidad de personas, un reparto más equitativo de trabajo y recursos. Debemos entender que es un problema de prioridades y de estilos de vida, que nos conducen hacia el sostenimiento del sistema o al caos.
Pero al fin, no me engaño, en un descanso de la redacción de este trabajo, me he levantado y he abierto la despensa de mi propia casa…he visto un bote de Nescafé, otro de Nesquik y una caja de puré de patata Maggi.











