
Aquel día era un domingo extraño, y su tarde no me parecía languidecer en la angustia de la vuelta a clase del lunes, porque el lunes era fiesta y ese puntito de angustia se aplazaba sine die. Estábamos Alberto y yo solos en mi casa y decidimos llenar un vaso de los de agua con todos los licores del mueble bar de mi padre, un poquito de esto, de aquello, y por supuesto nos retamos a beberlo. Subimos la cuesta dando tumbos en su moto, una moto minimarcelino que apenas cogía los cincuenta por hora con dos pasajeros, pero nosotros circulábamos tan despacio que teníamos dificultad para mantener la verticalidad, y no digamos la línea recta. Todo parecía tan suave, como si un fantasma hubiera llenado todo de un líquido un poco más espeso que el agua, pero templado y agradable. Las flores del borde de las aceras explotaban de color, nunca me había fijado en esas flores, con esos colores. Cuando coronamos la cuesta y giramos por la doble vía hacia la entrada de la urbanización Alberto comenzó a cantar, “Don diablo se ha escapado…anda en los rincones y se esconde en los cajones…”, y como tortugas motorizadas llegamos a donde estaba la pandilla, la moto se caló de repente y caímos los dos al suelo, a cámara lenta, él se levantó y siguió cantando mientras yo le vía desde el ras del suelo, desencuadrado. También me levanté y caminé como pude detrás de él, yo no cantaba, pero iba sonriendo y pensando de donde habían salido aquellos colores que lo invadían todo. Al llegar por fin al césped en donde estaban todos, oímos las risas de algunos y los reproches de las que, como fingidas mamás, nos chistaban ladeando la cabeza. Mi hermano tomó el mando de la situación con la importancia de un general médico al cargo de las maniobras, “pon la cabeza entre las piernas…bebe algo…café con sal, que alguien vaya a por café con sal” ¡ Café con sal!, a quién se le pudo ocurrir que esa era una buena idea. Alberto y yo solo queríamos cantar y deambular por el campo, en un momento le perdí de vista, su hermana mayor se había hecho cargo de él, en realidad la moto era suya y Alberto se la birlaba en cuanto podía, era una rubia con las tetas enormes que nos tenía sorbido el seso. Posteriormente supe la cantidad de puntos que había perdido por emborrachar a su hermano, de nada sirvió decirle que también era mi primera borrachera y que si su hermano tenía once, yo tenía doce y que en realidad la idea de mezclarlo todo en un vaso había sido suya. Pero a cambio Vilma no volvió a mirarme de la misma forma, y me abrió la puerta trasera de su casa todo aquel verano que comenzó con aquella borrachera, intempestiva y feliz, que nos llevó al final de algo y al principio de los días aburridos de aquel verano , días que ya nunca más volvieron, como esa sensación de calor que se siente en la primera borrachera. Y nos pasamos la vida buscando esas sensaciones nuevas y frescas, de noviazgos torpes, festivales de tarde y fin del colegio.

7 comentarios:
Muy buena entrada, has descrito muy bien un sentimiento que tenía por mío propio, y veo que es propiedad de más gente. Cuando se vive esa ilusión y esos colores, se piensa que a uno sólo le espera la felicidad, y que ese sitio físico donde está, con esa misma gente, ese mismo color del cielo, esa misma música, se volverá a repetir siempre que se quiera. Aunque luego no es lo mismo, o falla la gente, o el sitio ha cambiado, o falla la música, o ya no es lo mismo, y uno lo busca, lo busca con cada periodo vacacional, o con cada escapada o borrachera, o lo que sea en el caso de cada cual.
Qué recuerdos.
Yo también tenía un amigo, que tenía una minimarcelino y también una hermana tetuda y deseada...
Y recuerdo esas borracheras absurdas, por el gusto de la experimentación...
Ay...
Me acabo de ir a mi primera borrachera jajajajajaj, fue con mistela, hasta ahí puedo leer...
Lo mejor es que siempre he sabido disimularlas bien, será que no bebía demasiado...
Besicos
Y en eso consiste la felicidad, en buscar algo: sensaciones nuevas, noviazgos torpes, festivales de tarde y de vez en cuando algún casquete. Todo ello con un salario digno, please.
Jo, me ha encantado, Joako.
Lo has descrito maravillosamente bien y con un tono entre melancólico y divertido. Qué guapo.
:)
Orlok, a veces es una pena que el primer remanso del camino sea tan plácido, puesto que nos condena a seguir buscandolo, y desgraciadamente no inventamos nada, pero por un instante lo parece, "reveldes sentados en el suelo fumando porros y mirando con desden a los adultos", lo que no sabiamos es que la mayor parte de ellos ya han estado allí...ni falta que nos hace.
Futuro, Dime que la Rubia azabache es una de aquellas...aunque sea misticamente.
Belá, ¿con mistela! dulce tentación de algún verano en Valencia...
Joaquín, lo que pasa es que como cuendo miras el tostador, las tostadas solo saltan cuando apartas la vista, y entonces ya es tarde para apreciar el momento.
Irre, Me alegro mucho de que te haya gustado.
¡Que divertidas son todas esas primeras sensaciones de la adolescencia!
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